TRIATLÓN DE ALPE D’HUEZ: CUANDO DISFRUTAR IMPORTA MÁS QUE COMPETIR
“Nada que realmente valga la pena se consigue sin esfuerzo.”
Hay carreras que
recuerdas por el tiempo que hiciste, por el puesto en la clasificación o porque
conseguiste ese objetivo que llevabas meses persiguiendo. Y hay otras que
recuerdas simplemente por cómo te hicieron
sentir.
El Triatlón de
Alpe d’Huez 2026 ha sido, para mí, una de estas últimas.
Después de
tantos años haciendo triatlones, Ironman y todo tipo de pruebas de resistencia,
mi manera de afrontar el deporte ha ido cambiando. Sigo disfrutando de ponerme
un dorsal, sigo queriendo hacerlo bien y, cuando llega el momento de competir,
inevitablemente aparece ese punto competitivo que llevamos dentro. Pero ya no
es lo más importante.
Ahora valoro
mucho más todo lo que rodea a una carrera.
Y este viaje a
los Alpes ha sido un buen ejemplo.
VOLVER A VIAJAR EN FAMILIA PARA HACER UN TRIATLÓN
Una de las cosas
que más he disfrutado ha sido volver a vivir una competición acompañado por mi
familia.
Durante muchos
años, cuando hacía Ironman, las carreras eran mucho más que nadar 3,8
kilómetros, pedalear 180 y correr una maratón. Eran viajes, hoteles, cenas,
nervios el día anterior, amigos, madrugones, bolsas de transición y una familia
que estaba ahí acompañándome en esta pequeña locura.
Este viaje me ha
hecho recordar aquella época.
Y me ha gustado
mucho volver a sentirlo.
Preparar las
cosas juntos, viajar hasta los Alpes, conocer un sitio nuevo, compartir los
momentos anteriores y posteriores a la carrera… Al final, el dorsal era casi la
excusa perfecta para hacer algo juntos.
Porque con los
años he entendido que la verdadera recompensa del
deporte no siempre está en la meta. Muchas veces está en todo lo que sucede alrededor.
ALPE D’HUEZ NO REGALA NADA
Eso sí: que ahora me tome las carreras de otra manera no significa que esta haya sido precisamente un paseo.
Todo lo
contrario.
El Triatlón de
Alpe d’Huez es duro. Muy duro.
El entorno es
espectacular, pero también impone. Estamos en pleno corazón de los Alpes,
moviéndonos buena parte del tiempo alrededor de los 2.000 metros de altitud, y
eso se nota.
Y después está,
por supuesto, la subida a Alpe d’Huez.
Una de esas
carreteras que forman parte de la historia del ciclismo.
Sus famosas 21
curvas han visto algunas de las mayores batallas del Tour de Francia. Subir por
allí con un dorsal puesto tiene algo especial. Puedes haber hecho muchos
kilómetros en bicicleta, puertos mucho más largos e incluso pruebas más duras,
pero cuando empiezas a enlazar esas curvas sabes perfectamente dónde estás.
Y las piernas
también lo saben.
Es una subida
exigente, sostenida y con rampas que, después de todo lo acumulado, hacen daño.
Pero también es
uno de esos lugares en los que merece la pena levantar durante unos segundos la
cabeza del manillar y mirar alrededor.
Estás subiendo Alpe d’Huez.
Y eso hay que
disfrutarlo.
CORRER A 2.000 METROS
Una vez arriba
todavía queda carrera.
Y correr a esa
altitud, después de todo lo anterior, tampoco resulta precisamente sencillo.
Las piernas
pesan más, cuesta encontrar ritmo y el cuerpo te recuerda continuamente que
estás compitiendo en un lugar diferente.
Pero quizá ahí
fue donde más consciente fui de que mi forma de vivir estas pruebas ha
cambiado.
Hace años
seguramente habría estado mucho más pendiente del reloj, de los parciales, de
la posición o de cuánto tiempo estaba perdiendo.
Esta vez estaba
pendiente de otra cosa.
De disfrutar.
De mirar el paisaje.
De pensar que
seguía allí, tantos años después, haciendo algo que me apasiona.
Y de saber que
mi familia estaba esperando.
EL DORSAL COMO EXCUSA PARA VIVIR
Además, el viaje
no terminó en la línea de meta.
Hemos
aprovechado estos días para estar juntos, conocer la zona, disfrutar de Francia
y convertir la carrera en unas pequeñas vacaciones familiares.
Incluso
terminamos pasando por Port Aventura, cambiando durante unas horas los
puertos de montaña, las bicicletas y las zapatillas por montañas rusas.
Y precisamente
eso resume bastante bien cómo entiendo ahora estas aventuras.
Durante muchos
años el viaje estaba organizado alrededor de la competición.
Ahora intento
que la competición forme parte del viaje.
Puede parecer
una diferencia pequeña, pero para mí es enorme.
OTRA MANERA DE CRUZAR LA META
He tenido la
suerte de vivir muchísimas experiencias deportivas. Algunas extraordinarias. He
perseguido tiempos, clasificaciones y retos que en determinados momentos
parecían imposibles.
Y me alegro
muchísimo de haberlo hecho.
Pero cada etapa
de la vida tiene sus propias motivaciones.
Ahora sigo
queriendo estar en forma. Sigo queriendo entrenar. Sigo disfrutando de esa
mezcla de nervios e ilusión que aparece cuando te colocas un dorsal.
Pero ya no
necesito demostrar nada.
Prefiero disfrutar a competir.
O, mejor dicho,
quiero seguir compitiendo, pero sin que la competición me impida disfrutar.
Quiero llegar a
una carrera y mirar alrededor. Viajar con mi familia. Compartir una cerveza
después. Conocer lugares nuevos. Reírnos de las anécdotas del viaje. Y regresar
a casa pensando no solamente que he terminado otro triatlón, sino que hemos
vivido juntos unos días que merece la pena recordar.
El Triatlón de
Alpe d’Huez ha sido duro, espectacular y diferente.
Pero cuando
pienso en él, curiosamente, lo primero que me viene a la cabeza no son sus
rampas, ni la altitud, ni siquiera sus míticas 21 curvas.
Me viene a la
cabeza mi familia.
Y quizá por eso
esta carrera ha sido mucho más importante de lo que dice cualquier
clasificación.
Porque después
de tantos años y tantos dorsales, sigo teniendo ganas de estar en una línea de
salida.
Solo que ahora
tengo mucho más claro el motivo:
seguir viviendo experiencias que merezcan la pena ser
recordadas.
















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