IRONMAN VITORIA. FIN DE UNA ETAPA

"No hay un final. No existe un principio. Solamente existe una infinita pasión por la vida". (Federico Fellini)

Aquí continúo, cerrando etapas y dejando que la vida me enseñe a empezar de nuevo

Hay momentos en los que uno no cruza una meta para conquistar algo, sino para despedirse de ello.

Hoy, 16 de julio, es mi cumpleaños. Entre los muchos mensajes que he recibido, hay uno que me ha hecho sonreír especialmente. Era de Ironman.

El pasado fin de semana crucé la línea de meta del Ironman de Vitoria. Era mi Ironman número 20. Un número redondo. Un número que, de alguna manera, sentía que debía alcanzar para cerrar un ciclo que ha ocupado una parte muy importante de mi vida.

No fue mi mejor Ironman. Ni de lejos. 

Fui acompañado de mi amigo Lennart, que es un crack! 

Llegaba sin la preparación que una prueba así merece y con una rotura en el isquio que todavía no me permite correr con normalidad. Sabía que no estaba para buscar marcas ni grandes sensaciones. El objetivo era mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más complicado: terminar con dignidad.

Y eso hice.

Porque completar cerca de 4 kilómetros de natación, 180 kilómetros de bicicleta y una maratón no deja de ser algo extraordinario, incluso cuando el cuerpo protesta desde el primer kilómetro. Hay días en los que el verdadero triunfo no está en el cronómetro, sino en la capacidad de aceptar las circunstancias, adaptarse a ellas y seguir avanzando.



Durante muchos años el Ironman ha sido una escuela de vida para mí. Me ha enseñado disciplina, paciencia, resiliencia y la capacidad de convivir con el sufrimiento sin perder de vista el objetivo. Me ha regalado amistades, viajes, recuerdos imborrables y la oportunidad de descubrir de qué era capaz cuando parecía que ya no quedaban fuerzas.

Pero también he aprendido algo importante: saber cuándo una etapa ha cumplido su propósito.

No siento que deje el Ironman porque ya no pueda hacerlo. Lo dejo porque creo que ya me ha dado todo lo que tenía que enseñarme. Veinte Ironman son suficientes (un camino que empezó en el IM Austria en 2008 y que ha seguido en Kona, el mítico Lanzarote, Embruman, Roth, etc, cerrando el círculo en el IM Vitoria)). para mirar atrás con orgullo y, sobre todo, con gratitud.

Ahora me apetece volver a sentir esa incertidumbre del principiante.

Quiero explorar otros caminos. Retos diferentes. Aventuras que me obliguen a aprender otra vez desde cero. Cada vez me atrae más el mundo del ultraciclismo, donde la resistencia deja paso a la estrategia, la autosuficiencia y la gestión del sueño tanto como a la fuerza física.

Pruebas míticas como la París-Brest-París, con sus 1.200 kilómetros, empiezan a llamar mi atención. No porque sean más difíciles o más fáciles que un Ironman. Simplemente porque representan un nuevo horizonte. Una nueva ilusión.

Y eso, al final, es lo que mantiene viva la pasión.

No sé si volveré a ponerme un dorsal de Ironman algún día. Nunca me ha gustado decir "nunca". Pero sí sé que ya no necesito demostrarme nada en esta distancia. He tenido el privilegio de vivir veinte veces esa experiencia y de cruzar veinte veces esa línea de meta.

Es suficiente.

La vida, como el deporte, no consiste en aferrarse para siempre a aquello que un día nos hizo felices. Consiste en tener el valor de agradecer lo vivido, cerrar la puerta con una sonrisa y atreverse a abrir otra.

Porque, al final, los retos no cambian quiénes somos. Solo nos ofrecen nuevas formas de descubrirlo.

Y yo todavía tengo muchas ganas de seguir descubriéndome.

Gracias, Ironman.

Ha sido un viaje inolvidable.

Ahora... toca empezar de nuevo.


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