Madrid - Sevilla (Bikepacking)




La vida es como andar en bicicleta. Para mantener el equilibrio, debes seguir moviéndote" ( Albert Einstein)

La idea inicial era clara y casi romántica: salir de Tres Cantos (Madrid) y no parar hasta tocar Tarifa con las ruedas de la gravel. Cruzar la península de norte a sur, buscando el mar. Pero el tiempo —ese enemigo silencioso— nos obligó a recortar el plan antes de salir, ya que solo disponiamos de 6 días de vacaciones y tambien queriamos disfrutar del camino. Sevilla sería nuestro final… al menos sobre la bici.



Aun así, había algo dentro que pedía cerrar el viaje mirando al Estrecho. Así que, el plan era alquilar un coche en Sevilla y bajar hasta Tarifa el sábado antes de regresar a Madrid el domingo. 

Este tipo de viajes ya son una tradición. Cada año intentamos regalarnos una escapada así: unos días de desconexión, de caminos y de kilómetros compartidos. Una forma de parar el mundo y volver a lo esencial. Y si algo tenemos claro es que España es un auténtico paraíso para recorrerla en bicicleta. No hay mejor manera de atravesarla: ni demasiado rápido como para perderte los detalles, ni demasiado lento como para no avanzar. La bici tiene esa velocidad perfecta que te permite sentir el paisaje, formar parte de él.



Seis días, seis etapas, y un hilo conductor: avanzar sin prisa, pero sin pausa. Con Diego como compañero (@dieguete123)—un auténtico arquitecto de rutas— sabíamos que el camino sería cualquier cosa menos convencional. Tiene ese don para enlazar pistas, caminos olvidados y horizontes abiertos que convierten cada jornada en una pequeña expedición.



Salíamos temprano, muy temprano. A las 7:00 ya estábamos pedaleando, con esa luz suave que acaricia los campos antes de que el sol imponga su ley. Porque sabíamos lo que venía. Y no falló: una ola de calor nos acompañó durante buena parte del viaje, llevándonos a rodar bajo temperaturas que superaban los 44 grados. El aire quemaba. El suelo devolvía el calor como un espejo. Y, aun así, seguíamos.



Desde Tres Cantos, dejando atrás la ciudad mientras el asfalto se transformaba en tierra, empezó la magia. Toledo nos recibió con sus perfiles históricos dominando el horizonte, como un recuerdo constante de todo lo que ha pasado por allí. Después, la inmensidad de La Mancha: kilómetros y kilómetros de pistas rectas, donde el tiempo parece detenerse y el horizonte nunca llega. Un paisaje duro, hipnótico, casi espiritual.




En Ciudad Real, el silencio era absoluto. Solo el sonido de las ruedas sobre la grava y el viento caliente acompañándonos. Y poco a poco, casi sin darte cuenta, el sur empezaba a insinuarse. La luz cambiaba. Los colores se volvían más intensos. Andalucía se acercaba.



Córdoba fue el punto de inflexión. Más verde, más vida, más sombra… y también más historia en cada rincón. Y, finalmente, Sevilla. Calor, alegría, bullicio. El contraste perfecto tras días de polvo, soledad y horizontes infinitos.




Pero si algo define este viaje no son solo los paisajes, sino cómo los vivimos: sin prisas, dejándonos llevar, rodando unos 120 km al día con la única obligación de disfrutar (un total en torno a 720 km, que por caminos no es poco 😅). Parar cuando el cuerpo lo pedía, buscar agua como si fuera oro, y mirar alrededor constantemente, sabiendo que ese paisaje no se repetiría igual.




Además, este viaje tenía un pequeño componente extra: también era parte del camino hacia mi próximo reto. En menos de un mes —el 12 de julio— me espera el Ironman Vitoria. Y aunque esto no deja de ser una aventura, también suma: horas de sillín, resistencia, cabeza. Entrenamiento disfrazado de libertad.

No llegamos a Tarifa pedaleando. Pero atravesamos algo más grande: una España profunda, salvaje en su sencillez, inmensa en sus paisajes.









Y eso —eso sí que no se olvida 

"La vida es lo que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes" 😉 


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